Imaginemos que estamos alistándonos para salir a la calle. Preparamos con esmero -a veces demasiado- la ropa que nos vamos a poner, los accesorios y hasta el perfume. Una última checadita para ver cómo dicen que estará el clima por si debemos cargar con abrigo, paraguas o cualquier otro utensilio de esos que le salvan a uno del extremismo inoportuno. Algunos revisamos hasta la actitud con la que vamos a darle cara a ese nuevo día. Espero que tampoco se nos olvide colocarnos la ternura, que si de algo está necesitado este mundo es de gente bien equipada con ella.

¿Que no sabe cómo colocársela? En definitiva no soy experta en ello, soy apenas aprendiz, pero tal vez le sirva de algo lo que yo he observado.

Antes que nada, asegúrese de quitarle el freno de mano al corazón, de otro modo no va a poder llegar muy lejos que digamos. Y ya que andamos en esas, quítele también el género, porque no sé a qué loco se le habrá ocurrido que es cosa exclusiva de mujeres.

Ahora sí, listo para dar el siguiente paso. Ponga un dedo en el corazón, y si no lo siente, ponga la mano completa. Tun tun, tun tun, tun tun. Siga el ritmo, ¿lo siente? Señal de que está vivo y de que puede ser uno con la vida, con cualquier manifestación de ella. Y si algo está vivo, encierra belleza; es imposible no dejar que se manifieste la ternura ante lo que consideramos bello. Busque bien, busque en usted mismo para que también pueda identificarla en alguien más. Que lo pille la generosa belleza que le rodea en todo lo que ha sido creado (hay veces que conviene tomárselo con la seriedad con la que usted inspeccionaba los bichos que encontraba en el jardín cuando era apenas un niño).

Sin título

Déjese sorprender, siempre déjese sorprender. No hay ternura que dure si usted anda distraído. No se limite a pensar que sólo en los grandes acontecimientos tendrá oportunidad de hallarla; si supiera cuánta ternura hay en lo sencillo, en lo sutil, en los pequeños momentos de encuentro. Como le digo, déjese sorprender; sea creativo y espontáneo. Haga una bola con todos los siempres y los nuncas que le impiden conectarse con la espontaneidad y arrójela lejos, al primer agujero negro que se encuentre.

En esta travesía, es inevitable que le salgan al encuentro personas que quieran ser escuchadas, acariciadas, miradas con ojos cuajados de emociones. Acérquese, no son marcianos y tampoco muerden. Son otros que también andan buscando cómo colocarse la ternura, igual que usted. Abrace, abrace mucho, abrace fuerte.

Es muy probable que más de uno logre brincar las murallas que usted instaló con tanto esmero en su corazón. Y le pisotee los arbustos con los que decoró y hasta le tire los letreros de “No molestar” y “Cuidado con el perro”. Suele pasar. No tenga miedo, por ahí ya hay una puerta abierta para que usted también se cuele a habitar el de ellos.

Una vez que decidió andar estos caminos de la ternura, no busque a ver si hay punto de retorno; es un viaje que bien vale la pena, no va a arrepentirse de ello. Y si ya se dio cuenta, requiere de arrojo, se corren riesgos. También se necesita transparencia y libertad.

Ya por último, ría, ría siempre que pueda. Contágiese de risa y contagie a todo el que se deje. No sabe, con ello, cuánto se predispone el corazón para derrumbar los obstáculos que le imponemos a la ternura.

Y si nada de esto le funciona, sea humilde y deje que algún niño le enseñe.


 

Créditos de la fotografía:
Hands by Weird Beard

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